Era una noche ordinaria de invierno. Yo salía de mi trabajo y me dirigía a mi casa. Mi cuerpo estaba tan frío que no podía sentir algunas partes de él.
Usualmente tomaba el camino por la avenida más cercana, pero estaba apurada y me adentré por las desoladas y frías calles de Londres.
Todo estaba en silencio y no veía ninguna señal de vida. Aceleré el paso hasta que me detuve al ver un grupo de niños pequeños que estaban al otro lado de la calle. Me acerqué y les pregunté por qué estaban allí a esas horas de la noche. Me horroricé al ver sus rostros claramente, tenían una mueca de odio que causó que todo mi cuerpo empezara a temblar. Intenté correr, pero mis piernas no reaccionaban. Tampoco podía gritar, sentí que estaba en la peor de mis pesadillas.
Los niños poco a poco tomaron forma de gigantezcas sombras negras y tiraban de todo mi cuerpo fuertemente, como si buscaran algo importante. Sentí que no podía respirar cuando una de esas sombras malignas posó sus manos en mi pecho, cerca de los pulmones.
Pensé que era mi fin, que iba a morir en manos de unos extraños y terroríficos demonios, cuando una luz blanca iluminó toda la calle. Las sombras se dispersaron y llegué a ver a una niña de aproximadamente cinco años, con un vestido blanco y un aura extremadamente brillante. La niña se acercó a mí, me sonrió y desapareció. En ese momento supe que me había salvado la vida. Me levanté, fui a casa y me desmayé. Desde ese entonces nunca volví a rondar por esa calle.
Usualmente tomaba el camino por la avenida más cercana, pero estaba apurada y me adentré por las desoladas y frías calles de Londres.
Todo estaba en silencio y no veía ninguna señal de vida. Aceleré el paso hasta que me detuve al ver un grupo de niños pequeños que estaban al otro lado de la calle. Me acerqué y les pregunté por qué estaban allí a esas horas de la noche. Me horroricé al ver sus rostros claramente, tenían una mueca de odio que causó que todo mi cuerpo empezara a temblar. Intenté correr, pero mis piernas no reaccionaban. Tampoco podía gritar, sentí que estaba en la peor de mis pesadillas.
Los niños poco a poco tomaron forma de gigantezcas sombras negras y tiraban de todo mi cuerpo fuertemente, como si buscaran algo importante. Sentí que no podía respirar cuando una de esas sombras malignas posó sus manos en mi pecho, cerca de los pulmones.
Pensé que era mi fin, que iba a morir en manos de unos extraños y terroríficos demonios, cuando una luz blanca iluminó toda la calle. Las sombras se dispersaron y llegué a ver a una niña de aproximadamente cinco años, con un vestido blanco y un aura extremadamente brillante. La niña se acercó a mí, me sonrió y desapareció. En ese momento supe que me había salvado la vida. Me levanté, fui a casa y me desmayé. Desde ese entonces nunca volví a rondar por esa calle.


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